Hay noticias que duelen especialmente porque ponen palabras a una sensación que muchas personas opositoras llevan años arrastrando: estudiar no siempre basta, hacerlo bien tampoco, y a veces una plaza puede escaparse no por falta de preparación, sino por un detalle formal que el sistema convierte en sentencia. La noticia sobre los opositores y opositoras docentes en Andalucía que han estallado tras conocer sus notas deja un mensaje difícil de ignorar: personas con exámenes aprobados, incluso con calificaciones muy altas, han quedado fuera del proceso por invalidaciones vinculadas a faltas de ortografía, interpretaciones discutibles o cuestiones formales que consideran desproporcionadas. El caso más simbólico es el de una interina de Granada, aspirante de Inglés en Primaria, que afirma haber obtenido un 9 en ambas partes del examen y, aun así, haber sido invalidada porque se coló un folio en blanco al final del tema. Su frase, “estoy sin plaza por un folio en blanco”, resume el problema con una crudeza enorme: ¿puede un proceso que debería valorar mérito, capacidad, conocimiento pedagógico y solvencia docente dejar fuera a alguien por un elemento que, según la afectada, no identifica a la aspirante ni altera el contenido del examen?
El debate no es menor, porque nadie está defendiendo que en unas oposiciones no deban existir normas, ni que la ortografía, la presentación o el cumplimiento de instrucciones no importen. Claro que importan. Una persona docente debe escribir bien, cuidar el lenguaje y respetar las bases de una convocatoria pública. Pero otra cosa muy distinta es que el sistema parezca, según denuncian quienes han participado, más preocupado por encontrar motivos de invalidación que por valorar de forma proporcional la competencia real de quienes se examinan. Cuando una tilde discutible, una mayúscula interpretada de forma rígida, un título incompleto o un folio en blanco pesan más que 25 páginas de desarrollo, años de estudio, experiencia en centros, notas sobresalientes y dominio de la especialidad, la oposición deja de percibirse como una prueba justa y empieza a vivirse como un laberinto administrativo. Y esa es la pregunta incómoda que esta noticia obliga a plantear: ¿estamos seleccionando a las mejores maestras y maestros, o a quienes consiguen sobrevivir sin tropezar con ninguna trampa formal? Una oposición exigente es necesaria; una oposición deshumanizada, ambigua y desproporcionada no mejora la educación pública, solo rompe la confianza de quienes llevan años preparándose para servirla.

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