Hay historias de oposiciones que no deberían contarse como anécdotas, sino como síntomas de un sistema que a veces olvida que delante del examen hay una persona. Según recogió La Voz del Sur, una aspirante denunció que tuvo que cambiarse con la regla en la propia sala de examen porque no se le permitió salir al baño en ese momento. Más allá de la incidencia concreta, el caso abre una pregunta incómoda: ¿puede un proceso selectivo que presume de igualdad ignorar necesidades corporales básicas? Opositar ya exige resistencia mental, preparación técnica, control emocional y capacidad para rendir bajo presión; lo que no debería exigir jamás es renunciar a la dignidad, a la intimidad o a una mínima atención a la salud menstrual. En unas oposiciones docentes, donde se selecciona a futuras maestras y maestros que deberán educar desde el cuidado, la inclusión y el respeto a la diversidad, resulta especialmente contradictorio que el propio procedimiento pueda vivirse como un espacio rígido, frío y poco sensible a situaciones humanas elementales.
Hablar de opositar con la regla no es buscar privilegios ni pedir una ventaja frente al resto de aspirantes; es recordar que la igualdad real empieza por reconocer que no todos los cuerpos atraviesan un examen en las mismas condiciones. Una norma organizativa no puede convertirse en una barrera que humille, exponga o penalice a quien necesita ir al baño, beber agua, gestionar un sangrado menstrual o atender una necesidad fisiológica urgente. Este tipo de casos debería obligar a revisar protocolos, formar a tribunales y garantizar instrucciones claras para que la seguridad del examen no se confunda con deshumanización. Porque una oposición justa no solo se mide por la dificultad del tema, la objetividad de la rúbrica o la transparencia de la nota; también se mide por cómo trata a las personas cuando son vulnerables. Y ahí, a veces, la verdadera prueba no la está haciendo la opositora: la está haciendo la Administración.

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